A menudo se habla en estos tiempos del timo del tocomocho aplicado a los préstamos que financiaron la burbuja: un timador se hace el tonto para que un pardillo que se cree listo se aproveche de él, sin darse cuenta de que él es el timado. A escala europea, el timado en la analogía es España, que se creía que Alemania era tonta, dando o prestando dinero barato, y ahora “descubre” que el tonto es él, obligado por la deuda a ser esclavo de Alemania. Esta analogía se usa como respuesta al enojoso maniqueísmo que presenta a España como cigarra despilfarradora y a Alemania como ahorradora hormiga; también se usa como justificación moral para no pagar las deudas, salir del euro, darle a la impresora, o exigir eurobonos y mutualización de deudas.

La deuda se puede ver también como un pacto fáustico, de los que hay tanta tradición en la literatura occidental (cf. Mefistófeles, Shylock o Gonzalo de Berceo): el deudor sabe a lo que se expone, sabe la terrible garantía que tendrá que pagar si no puede devolver el dinero, y sin embargo lo asume porque cree que podrá evitarla, ser más listo que el demonio y recuperar su alma, tras haber disfrutado de los placeres que el demonio le dió.
Todos estas entretenidas disquisiciones buscan dar cobertura moral a la hipocresía compartida por deudor y del acreedor. Lo cierto es que la deuda es un pacto basado en la creencia de que el dinero se devolverá; pero cuando el deudalismo se institucionaliza, tanto deudor como acreedor se acomodan en un sistema que les conviene, y rehusan ver la necesaria naturaleza temporal del contrato de deuda y el riesgo cumulativo de apilar deuda sobre deuda. Deudor y acreedor alcanzan un pacto no escrito por el que ambos fingen que el sistema es sostenible mucho más allá de lo razonable.

Ahora estamos en la fase en la que el timador exige que cese el timo y el timado pague sus deudas imposibles; y el timado exige que las deudas se cancelen, porque era un timo, pero al mismo tiempo quiere que el timo que tanto le convenía siga.

El prestamista no puede hablar de moralidad, invocar al capitán Renault (“¡He descubierto que aquí se juega!”), declararse sorprendido por las burbujas de activos creadas con su crédito, decir que la falta de control de riesgos no importa, y que todos los ciudadanos del país deudor son responsables de la deuda, por encima de toda otra consideración. Pero lo intenta. Su herramienta: la amenaza de no dar más crédito.

El deudor no puede hablar de moralidad, decir que las burbujas de activos son culpa del prestamista (“yo no quería, me obligaron a pedir prestado, es una estafa”), que no va a pagar la deuda odiosa, y al mismo tiempo exigir que se le vuelva a prestar, para “estimular el crecimiento”. Pero lo intenta. Su herramienta: la amenaza implicita o explícita de no pagar la deuda.

Esto es el derrumbe de una burbuja de crédito, que destruirá la masa monetaria ilusoria creada. Pero no sin antes intentar negarlo hasta el último extremo, y cancelar toda la deuda posible contra todos los ahorros que se puedan capturar. No hay soluciones limpias, impresoras salvadoras, simpas redentores, re-estructuraciones mágicas. Hay una resistencia desesperada del deudor-yonqui a renunciar al crédito del que se ha acostumbrado a depender, y una resistencia desesperada del acreedor a renunciar a cobrar sus deudas, que les lleva primero a buscar nuevos pactos que permitan seguir negando la realidad, esperando cada uno ser capaz de aprovecharse del otro más de lo que el otro se aprovecha de él; y finalmente al sálvese quien pueda y el enfrentamiento.

Aún queda mucho autoengaño por delante.

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